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La leyenda cuenta que el 8 de enero de 1878, el gaucho Antonio Mamerto Gil Núñez fue degollado a manos del coronel Juan de la Cruz Salazar. El verdugo lo había colgado, boca a bajo, de la rama de un algarrobo que se erigía junto al camino. 

Mientras pendía de la soga, Gil le pidió a Salazar que lo degollara con su propio cuchillo y le advirtió que cuando llegara a su casa, iba a encontrar a su hijo enfermo, pero que él lo iba a curar. Así ocurrió.  Desesperado, Salazar volvió al sitio, enterró a Gil al pie del algarrobo y colocó una cruz. La sanación del hijo de coronel fue el primer milagro del Gauchito Gil.

Ese lugar del degüello, en la banquina de la ruta 119, en el mojón 101, a 8 kilómetros de Mercedes, provincia de Corrientes, se convirtió para siempre en el santuario del Gauchito Gil. Allí, cada 8 de enero ocurre un fenómeno de grandes proporciones: peregrinos de todo el país, casi todos vestidos de rojo, llegan para honrar al santo pagano.

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Desde el departamento La Paz, donde hay gran cantidad de devotos del Gaucho Gil, hay unas tres o cuatro horas de viaje hasta el Santuario correntino, dependiendo de la ciudad desde la que se haga la partida. Desde la cabecera departamental hay 288 kilómetros; desde Santa Elena, 321; desde San Gustavo, 266; desde Bovril, 318; desde Piedras Blancas, 368; y desde Alcaraz, 338.

Sin embargo, quienes no pueden llegar al Santuario mayor eligen las opciones locales: pequeños santuarios levantados en barrios o a la vera de rutas o caminos rurales. Tal es el caso del que existe sobre la Ruta Provincial Nº 48, a unos pocos kilómetros del ingreso a Santa Elena. Allí, promeseros de las cercanías y viajeros dejan sus agradecimientos o pedidos al gaucho.

A la vera de la ruta se observan banderas rojas, estatuillas, estampitas y placas de cerámico o metal con agradecimientos varios. En una rápida mirada por la gran cantidad de objetos, se ven los mensajes de familias que agradecen que una enfermedad ya no aqueja a alguien cercano; otras que celebran el trabajo que llegó al hogar; e incluso quienes dan las gracias por el campeonato deportivo que les era esquivo. 

Mientras, los viajeros que pasan por el lugar cumplen con un requisito no escrito, pero ineludible: dar algunos bocinazos para que el gaucho Gil los acompañe en el camino.

 

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