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La escritora de Río Gallegos, Juana Soria, presentó en La Paz su nuevo libro "Desde el balcón de la orilla", cuyos relatos se encuentran contextualizados en la provincia de Santa Cruz durante la guerra de Malvinas, en 1982.

La presentación fue en la Casa de la Cultura y contó con la presencia del intendente Bruno Sarubi. Además, participaron diferentes instituciones y público en general. Jóvenes de la Escuela de Música de Casa de la Cultura, acompañaron la presentación entonando una canción sobre el conflicto bélico.
 

Durante el conflicto de las Islas Malvinas, la escritora fue una de las vecinas de la localidad de San Julián que albergó a los jóvenes soldados en su propio hogar para que estos pudieran descansar, despejarse y olvidar, aunque sea unos momentos, del horror que les tocaba vivir día a día: “Yo viví en Puerto San Julián más de 35 años, y allí me tocó vivir la guerra de Malvinas. Yo tenía mis hijos chicos. Éramos docentes y vivimos con mucha intensidad toda la gesta de Malvinas. Viví palmo a palmo los acontecimientos y recordatorios de estos cuarenta años y la herida sigue abierta y sigue viva. La prioridad es que la gente joven sepa que pasó, pero los adultos tenemos la obligación de contárselos, sobre todo los que estamos en la literatura, tenemos que empezar a sacar esas cosas de debajo de la alfombra, aquellas cosas que no nos contaron, que no nos dijeron y que nosotros nos quedamos tranquilos pero que ahora que sabemos que hay cosas bajo la alfombra hay que empezar a buscar, a descubrir y enterarse que pasó. “Desde el Balcón de la Orilla” es más que nada un grito de argentinidad, de decir que las Malvinas son argentinas”, dijo la escritora tiempo atrás en una entrevista con el diario Tiempo Sur.

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“Yo tenía mis tres hijos chiquitos y, cuando los fui conociendo (a los soldados) ya venían de a cuatro o cinco, e inclusive seis. Nunca vinieron los diez, pero solían ir diez. Y ellos, lo primero que sabían, era que tenían que dejar el armamento arriba del modular. Yo tenía hijos de 7,5 y 1 año. Los muchachos lo que contaban era que hacía un poco de frío (en Malvinas) e inmediatamente mi marido recorrió el pueblo pidiéndole a la gente amiga calentadores de metal. Los llenó de querosén y así estuvieron con la carpa más calefaccionada. En casa teníamos dos camas con colchón. Agarramos, se las llevamos a la carpa, pero con la condición de que uno era para el cabo, para el jefe, y la otra era para los soldados. O sea que había uno de los jefes que se iba al piso, como todos los otros. También recuerdo que uno de esos muchachos jugando al fútbol, porque trataban de distenderse también, se esguinzó el pie. Cuando llegó a medias con su pie dolorido lo mandé a bañarse con agua caliente y lo llevé al médico. Yo no sabía lo que para él significaba ese baño, y realmente fue importante, porque dijo que lo relajó y lo disfrutó, Imagináte que nosotros en San Julián teníamos agua cada dos o tres días. Un baño de inmersión con mucha agua era todo un tema. Todas esas cosas los muchachos lo valoraron y no sólo en casa, si no en todas partes, en todas las casas de San Julián hubo ese tipo de acogida con ellos”, agregó.

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